El Polesine es la parte más meridional del Veneto que tuvo durante el curso de los siglos fronteras inciertas por las
vicisitudines de la historia y sobretodo por el variar de los ríos. El Adige y el Po, en efecto, que cruzan estas tierras casi
paralelas, han cambiado a menudo su alveo.
El Polesine fue muchas veces tierra cruel, expuesta a la violencia de los ríos, de los aluviones, incierta en su fisonomía aún
antes que fuera disputado por los paíces cercanos. En época romana el centro mayor fue Adria donde en el puerto llegaba el mar
que luego se fue mano a mano alejando detrás siempre de nuevas bandas de dunas.
Rovigo fue la nueva ciudad de Polesine destinada a suplantar Adria en el rol de egemonía y a crecer alrededor de su castillo
que elva aún hoy día dos antiguas torres.
Pero aún antes que Rovigo centralizara las actividades económicas y culturales de Polesine, la ciudad más famosa fue Badia, que
alojaba una notable abadía, de donde tomó el nombre, la de Vangadizza. La actividad, el prestigio de Vangadizza, iluminaron los
siglos obscuros de Polesine. Luego estas tierras fueron bajo el dominio de los Estenses donde no era difícil vigilar la cercana
Ferrara. Pero sucesivamente soportaron los deseos de los Poduanos y por lo tanto de Venecia, demaciado interesada a los tráficos
sobre el Po para no preocuparse de asegurar la navegación. Venecia al final predomina casi todo el Polesine e hizo parte del
estado veneto, pero la dominación de Ferrara dejó interesantes huellas en la arquitectura.
Pues, no faltan los grandes nombres - ya sea entre los arquitectos que entre los pintores - también en esta tierra de confín: de
los pintores del Veneto y de Ferrara desde el '400 hasta el '700 (Giovanni Bellini, Palma el Viejo, Dosso Dossi, Luca Giordano,
Piazzatta, Giovan Battista Tiepolo, Alessandro Longhi) a el grande Andrea Palladio que construyó a Fratta Polesine uno de los
más significativos palacios, Badoera, que hace avanzar los pórticos de sus casas de labranzas a semicírculo, como a definir
mejor el espacio vital en donde la actividad agrícola y el prestigio humanístico tenían que fundirse.
Sería suficiente el último curso del Po a separar el Polesine de todos los otros paisajes venetos. El río se ensancha y se
divide y del vértice de sus diques la llanura se hace siempre más extensa y siempre menos poblada.
Es en este paisaje, donde el mar forma playas aún virgenes, con arena finisima, rodeadas de un lujoso pinar, que recentemente
se han impuesto a la atención turística de Rosolina Mare y de la Isla de Albarella, dotada de hoteles de alto nivel.